domingo, 29 de noviembre de 2009

Mis relatos: Viaje azul


1

Una noche de luna llena, en las aguas del Pacífico norte, cerca del círculo polar ártico, no lejos de Alaska, una beluga dio a luz a un hermoso bebé. Era blanco como la leche, al igual que ella, y desde que nació, comenzó a retozar muy feliz.

-Te llamaré Tabú -le dijo la madre-. Así llamaba tu padre al inmenso mar desconocido del sur, que siempre quiso conocer… Fue una noche como esta cuando fuiste creado, la luna brillaba en el cielo y fue una de las noches más felices de mi vida, así como esta lo es también. Se fue un día y no ha vuelto… pero sé que volverá, estoy segura que está vivo, en algún lugar de los cálidos mares del sur.

La madre beluga le hablaba a su hijo recién nacido, pero éste no le escuchaba, pues estaba muy ocupado en descubrir el nuevo e inmenso mundo acuático a su alrededor. Y lo que ella no mencionó, es que el padre se había perdido una terrible noche, en que ella, por haberse separado peligrosamente de la bandada, fue atacada por un grupo de temibles orcas que habían irrumpido de repente. Él la encontró justo a tiempo, logró defenderla y salvarla, como un héroe, pero entonces, desapareció. Y aunque temía que había ocurrido lo peor, es decir, que se había sacrificado por ella, se resistía a creerlo y se alimentaba de la esperanza que por alguna razón, había elegido aquella noche para ir en pos de su aventura, a pesar que él sabía que sería padre y eso lo tenía muy feliz. Por esta causa, sabía que un día volvería, con una explicación y su alegría, sano y salvo, lleno de vida. Esto se encontraba dentro del terreno de las probabilidades, pero una realidad palpable en ese momento, es que una parte de él estaba allí, a su lado. Era un pequeño ser que se había formado en sus entrañas, y que ya estaba moviéndose en el agua, jugando sin parar, luego buscando su leche para alimentarse y viceversa. Un pequeño y blanquísimo cetáceo llamado Tabú, ya formaba parte de la vida de nuestro maravilloso planeta azul.


2

Seis meses después, Tabú ya había aprendido mucho de la vida. Se había vuelto un joven beluga muy inquieto y ansioso de nuevas y desafiantes experiencias. Un día de finales de abril, mientras pescaban, en medio de un cardumen de peces, llegó un grupo de delfines grises, trompa de botella, dando mil vueltas y saltos fuera de la superficie marina. Todos ellos estaban muy ocupados en su faena, se cruzaban con las belugas, en sus veloces vueltas, propias del frenesí alimenticio de estos mamíferos de mar. Los miembros de ambos grupos, sin ningún problema, se fusionaron en uno solo, compartiendo el festín, convirtiendo aquello en una enorme confusión de peces, que eran miles de arenques y decenas de cetáceos de ambas especies. Tabú, estaba aturdido, se había separado sin querer de su madre y de repente se sentía perdido. En medio de su búsqueda, comenzó a preguntar por ella a los adultos de su grupo, pero nadie le hacía caso, hasta que uno de ellos se interesó por su situación. Un poco después, cuando finalmente localizó de lejos a su madre, antes de volver con ella, se dirigió hacia uno de los delfines, que era el líder, al ver que en ese preciso momento, una vez que se había saciado, se retiraba esperar a sus compañeros.

-¡Espere, no se vaya! ¿De dónde vienen ustedes? -le preguntó.

-Hola, muchacho. ¿Quién eres, y por qué quieres saber?

-Aquí vivo. Me llamo Tabú y estoy con mi madre. A ustedes no los había visto nunca.

-Me llamo Laf, y no somos de aquí. Vinimos desde el otro lado del ancho mar, por donde se pone el sol. Nunca estamos en un mismo lugar, vamos de aquí para allá, en un interminable viaje. Vamos sin rumbo, disfrutando de nuestra libertad, nuestro hogar es todo el inmenso azul, entre las aguas y el cielo.

-¿El cielo…?

-Sí, el cielo… Nosotros saltamos hasta tocarlo, nos hace respirar y vivir a plenitud de ambos mundos. Es un privilegio que tenemos, y ustedes nuestros parientes también.

-¿Y adónde irán ahora? -quiso saber Tabú.

-De aquí viajaremos hacia el sur, hasta el otro lado del mundo. Nunca hemos llegado tan lejos y esa será ahora nuestra ruta. Nos han contado historias de la abundancia de peces y de otras clases de habitantes que no conocemos.

-¿Puedo ir con ustedes…? –inquirió el chico.

-Mmmm, no lo creo, amiguito. Aquí es tu hogar, y no puedes dejar a tu madre sola. Además, ustedes se parecen a nosotros, pero no nacieron para vivir en mares cálidos, ni para vivir este tipo de largos viajes y aventuras…

-¿Pero por qué no?... Eso es lo que todos creen, pero sí se puede. Además, tengo que intentarlo para saber si soy capaz, ¿no?

-Bueno, yo lo creía imposible, pero hay que ver para creer… –dijo el delfín, haciendo un gesto de sorpresa y esbozando una sonrisa-. ¿Y tu madre…?

-Eso no es ningún problema. Te lo puedo asegurar –repuso con toda propiedad Tabú, y en su rostro era evidente una enorme y contagiosa alegría.

-¡Vaya!–exclamó el delfín, sonriendo con picardía-. Me parece que ya sé lo que está pasando aquí. Pero vas a tener que contarme esa historia, entonces, ¿eh? Y tendrá que ser antes de que venga tu madre, pues ya veo que tu grupo ya está terminando de alimentarse y ella te ha de estar buscando. Además, nosotros ya estamos de salida.

-No, espera, ella también irá… ¡Hoy es el día más feliz de mi vida!

Y el joven cetáceo blanco, que efectivamente, irradiaba mucha felicidad, se dio a la tarea de convencer a Laf de que los dejara partir con ellos. Según él, no había ninguna razón que lo impidiera, por el contrario, todo estaba a su favor. Entre tanto, delfines y belugas se replegaban después de compartir de manera inesperada un suculento banquete de arenques.


3

Un mes y medio más tarde, un día del mes de junio, un barco surcaba las aguas del Pacífico, frente a las costas de Sudamérica. Era una radiante mañana, cuando a estribor, un joven de unos diecinueve años de edad, con un libro en la mano, miraba volar un grupo de gaviotas en el azul del cielo. Esta era una señal que no estaban lejos de tierra. Efectivamente, muy próximo se encontraban las costas continentales, a la altura del ecuador. El muchacho hojeaba su libro, pero volvía a observar las aves una y otra vez.



-¡Qué maravillosa inmesidad! -se dijo a sí mismo-. Azul... mar y cielo. Qué maravilloso este planeta en que vivimos... Y Helios, dando vueltas sin parar. ¡Increíble! Y pensar que los griegos, ni siquiera sospechaban que existía esta parte del mundo, y que su dios andaba por estos lares...

Así susurraba el joven, cuando de repente, unos gritos de niño interrumpieron su monólogo y sus pensamientos:

-¡Déjame ver, mamá! ¡Suéltame!

Se trataba de un chiquillo de unos seis años que contrariando a su madre, le había soltado de la mano y corría a ver el mar.

-¡Espera, no seas necio, Diego! Ya has visto suficiente, es hora de tu tomar tu jarabe…

-Pero no he visto a este lado… Déjame ver sólo un rato, por favor…

-Bueno, está bien… Pero será sólo un rato.

Entonces el niño se paró junto a la baranda, a unos pasos del joven del libro, y mientras tosía, comenzó a otear en el horizonte con suma seriedad. Al muchacho le llamó la atención la actitud del pequeño, por lo que dirigiéndose a su madre, preguntó:

-Disculpe, señora. ¿Qué busca el niño en el mar…?

-Ay, joven. Es una larga historia… -dijo ella, aprovechando que el chico se alejaba un poco de ellos, en su tarea de observador-. Se trata de su abuelo, mi padre… Mi hijo y él son muy apegados uno al otro, y la separación les ha afectado demasiado…

-¿Entonces, no volverán a casa?

-Sí, supongo que un día volveremos. Pero no sé cuando será eso. Mi esposo hace cuatro meses viajó a Chile, por su trabajo. Es ingeniero y todos estos años ha estado dedicado al proyecto del ferrocarril, en nuestro país. Pero resulta que en lugar de regresar, más bien tendrá que viajar a Europa y quedarse allá, al menos por dos años. Sólo nos está esperando para después viajar todos juntos a España, a fin de mes… Yo no me esperaba esto, pero no podemos estar tanto tiempo separados, más aún cuando Diego está en una edad tan delicada. Su padre tiene miedo de perder su afecto. La verdad es que todos nos extrañamos…

-Sí, ha de ser algo muy difícil. La familia debe estar unida siempre. Su marido tiene razón, es lo más lógico que viajen para estar con él. Aunque así tengan que dejar la patria, los parientes y amigos…

-Sí, y eso es lo que más me duele. Tanto mi hijo, como yo, tenemos sentimientos encontrados. Estamos felices y ansiosos de ver a su padre, pero es duro dejar la tierra amada y nuestra gente. Pero sobre todo, estoy sufriendo por el dolor de Diego, ha sido difícil separarse de su abuelo… -repuso la madre, enjugando una lágrima.

-¿Y lo que busca en el mar tiene que ver con su abuelo, verdad…?

-Sí, así es… Por eso no se lo dije al inicio, porque a eso quería llegar… Lo que ocurre es que mi padre, que fue marinero la mitad de su vida, fue como un roble, un hombre fuerte y sano. Pero ahora, ya no es el mismo de antes. Siempre fue enemigo de la cama, decía que el descanso es sólo de los perezosos, pero ahora pasa en cama más de lo que él quisiera y de lo que se hubiera imaginado. Padece hipertensión y de artritis. Eso lo ha devastado al pobre… Cuando murió mi madre, hace diez años, mi padre comenzó a morir lentamente. Pero cuando nació Diego, renació con toda su alegría y vigor… Ellos dos se adoran y para mi es un tormento dejarlo, aunque quedan mis hermanos, sobrinos y resto de parientes…

-Entiendo… Tiene temor que recaiga…

-Sí, tengo mucho miedo… Mi hijo no lo sabe, pero yo me estoy aferrando a una promesa que le hizo… Le aseguró que cuando volvamos a casa, él estará allí, esperándolo. Le contó una historia muy extraña, que Dios le había dicho en un sueño que le daría vida para eso. Y que la señal para Diego, sería que en este viaje, un día verá delfines blancos en el mar… ¿Puede creerlo…? Delfines, ni siquiera hemos visto en nuestras vidas de los más comunes, mucho menos blancos… ¿Cómo le prometió mi padre tal cosa a mi hijo…?

-¡Delfines blancos! ¡Vaya! Si que fueron un sueño y una promesa muy extraños. Pero por algo habrá sido que lo contó a su hijo. ¿No cree que sea algo que pueda suceder?

-Yo creo que él podrá ser capaz de cumplir su promesa de sobrevivir y también de conservar su lucidez, pues perderla, es realmente su mayor temor. El problema es que Diego ha creído ciegamente en el asunto de los delfines, es algo muy importante para él. Y si no los ve por ningún lado durante este viaje, va a sufrir mucho, pensando que no volverá a ver al abuelo…. Estoy aterrada. Seamos realistas, ¿Qué probabilidades hay de ver delfines blancos? Creo que ni existen…

-Mi estimada señora… déjeme decirle que por la gracia que Dios me ha dado de sentir gran pasión por los libros y el conocimiento, he tenido la fortuna de saber que existen los delfines blancos. Son parientes de los delfines comunes, de los que sin duda usted podrá ver por estos mares tropicales en algún momento. De hecho, yo ya he visto muchos viajando con nosotros, o dando saltos a lo lejos…

-¡Virgen santísima! ¿Entonces, existen?

-Sí, existen. El único problema es que las belugas, como se llaman esa especie de delfines, no habitan en los mares del trópico, sino en las lejanas y templadas aguas alrededor del polo norte. Así que sería algo extraordinario si lográramos ver alguno por acá.

-Pero dejaremos atrás el trópico -repuso ella.

-Sí, así es… Todo puede suceder. Las belugas son de los mares del norte, pero recuerde que ustedes proseguirán su viaje hasta Europa. Para las fechas que ya estén navegando sobre el Atlántico norte, es muy probable de que algunas bajen lo suficiente para poder llegar a verlas…

-¡Dios santo! Estamos hablando de meses en alta mar. No puede ser que esperemos tanto. Le estoy pidiendo como no tiene idea a Dios que sí va a suceder, que sea pronto. Ya no puedo soportar la angustia de mi hijo. No puede dormir y tampoco, al verlo sufrir así…

-¿En serio…? –dijo el joven, sonriendo levemente.

-Créame, de rodillas se lo estoy pidiendo a Dios, todas las noches…

-Entonces no hay problema. El sueño y la promesa de un abuelo especial, la fe de un niño y las oraciones de una madre… ¿Acaso puede haber algo más fuerte?

-¿Usted cree…?

-Lo creo, como creo que el mar y el cielo son azules y el sol nos da luz y calor. Como creo en la existencia de Dios mismo, ese ser del que tanto hablamos siempre, le pedimos y damos gracias, aunque no podamos ver.

Y la mujer, agradecida y emocionada ante las palabras del joven, o tomó de las manos, mientras le decía:

-¡Muchas gracias! ¡Sus palabras me han animado tanto!... Espéreme aquí, por favor, le dejaré a mi hijo, mientras voy a traer su jarabe de la tos. No quiero interrumpirlo en su búsqueda de los delfines…

-Está bien. No se preocupe, estará bien…

Cuando ella se iba, el muchacho le dijo:

-Le debo una disculpa, no me presenté con usted...

-¡Oh, es cierto! Disculpe, yo tampoco lo hice…

A continuación, ambos se presentaron de prisa. Luego, ella se retiró casi corriendo, mientras el pequeño Diego, en ningún momento había desviado su mirada escrutadora del inmenso mar.


4

Tabú había aprendido a dar saltos fenomenales con sus nuevos amigos. Y a diferencia de lo que creía Laf, las belugas habían respondido de una manera increíble a su épica aventura, a pesar de la edad del chico y las características propias de esta especie. Se habían adaptado a la vida de emigrantes, las largas jornadas y de una manera que parecía imposible e impensable, a las aguas cálidas del Pacífico tropical, desafiando su propia naturaleza de mamíferos marinos de aguas frías.

Pero el joven cetáceo blanco, tenía poderosas razones para tener tanta energía. Era fruto de la felicidad más completa, pues tenía a su alrededor todo lo que amaba y necesitaba. Parecía que el cielo y el mar se habían unido para ayudarlo a cumplir con sus sueños, e impulsado por una fuerza extraordinaria que él mismo desconocía, estaba disfrutando al máximo su descubrimiento del vasto mundo, en su viaje hacia el sur.


5

El pequeño Diego no había notado la ausencia de la madre, así que el joven se le aproximó y poniendo la mano en su hombro, le dijo:

-Hola. Tu mamá fue por el jarabe para la tos… ¿Cómo va tu búsqueda de los delfines?

-No hay ninguno –repuso el niño con tristeza, sin dejar de ver el mar.

-Pero aparecerán… Ya verás.

-¿De veras? ¿Tú crees que podremos ver los delfines blancos…? –inquirió el chiquillo, tosiendo primero y viéndolo por fin a sus ojos.

-Tu mamá me contó sobre el sueño y la promesa de tu abuelo. Y creo que es algo que inevitablemente se ha de cumplir.

-Tengo que ver los delfines blancos –dijo el niño sollozando-. Si no los veo, mi abuelito se va a morir y no podré volver a verlo, cuando regresemos a casa…

-Lo harás, él va a vivir y te esperará. Ya lo verás… ¿Sabes lo que es la fe?

Pero el chico no contestó, porque ya estaba viendo fijamente de nuevo hacia el horizonte.

-La fe es cuando crees fervientemente en algo, aunque ese algo parezca difícil de ser, imposible de realizar. Es exactamente lo que tú estás haciendo, eso que tú sientes ahora con mucha fuerza. Así que será una realidad… Te contaré algo que me ocurrió a mí cuando tenía más o menos tu edad…


Pero en eso llegó la madre de Diego, con el jarabe en la mano. Había escuchado lo último que el muchacho dijo a su hijo, entonces dijo, interrumpiendo:

-Sólo le doy su jarabe a Diego, y ambos escucharemos su historia… Agradezco mucho sus palabras de aliento para él.

-De nada… Vamos Diego, es tiempo de cuidar la salud para que no dejes de ver los delfines…

Una vez que el chico hubo tomado su remedio, él mismo pidió a su nuevo amigo que le contara la historia pendiente. Y así fue.

-Bien, en realidad yo estaba más grande que tú, tenía ocho años. A través de los libros, había descubierto un mundo mágico de seres maravillosos: faunos, centauros, grifos y cisnes… Al principio yo creía que todos ellos existían, pero una tía muy querida, me dijo que ellos no eran reales, que todos eran ficticios, menos los cisnes…

-¿Y has visto a los cisnes? –preguntó el niño.

-No había visto ninguno en mi país… Así que creía que esas aves también eran ficticias, y que mi tía no se quería desmentir, para que no me desencantara del todo... Yo no creía, pero un día, fuimos de paseo a una finca de unos amigos de mi tía, y yo anduve con otros niños jugando por el campo, hasta que hice un maravilloso descubrimiento…

-¡Había cisnes! –exclamó Diego.

-No interrumpas, hijo –dijo la madre-. Deja contar.

-Yo no podía creer lo que estaba viendo. En un estanque había como diez enormes y corpulentos cisnes nadando…

-¡¿De verdad?! Tu tía entonces decía la verdad…

-Sí, ella siempre lo había dicho… Así que yo salí corriendo como un loco para la casa, buscando a mi tía, para contarle que había visto cisnes. Que había visto, no sólo uno, sino un montón de ellos juntos, y que eran enormes, blancos y de larguísimos cuellos… Quería abrazar a mi tía, de la felicidad, y pedirle que fuera conmigo a verlos al estanque…

-Ahora entiendo por qué comprende a mi hijo –repuso la madre de Diego-. Era como es él…

-Sí, cosas de niños, ¿no es cierto? Recuerdo que ese día causé un gran revuelo, porque llevé a mi tía de la mano hasta aquel estanque, y detrás de nosotros iban también casi todos los adultos y los niños…

-¿Y qué pasó después…? –quiso saber el niño.

-Cuando llegamos al estanque, le mostré a mi tía los cisnes, totalmente emocionado… Pero entonces vino la decepción…

-¿Qué pasó para que se decepcionara?-. Esta vez quién preguntó fue la madre del pequeño.

-“No son cisnes, son gansos”, me dijo mi tía. Y la noticia me cayó como un balde agua fría… Y me explicó que los cisnes son esbeltos y no corpulentos, de una gran hermosura y gracia, de cabeza pequeña y cuello largo pero delgado, y que al nadar, forman con ellos signos de interrogación… No es que los gansos sean aves feas, pero los cisnes son unas aves bellísimas que no hay en estas tierras…

-Por Dios, qué terrible debió haber sido… -susurró la dama.

-Quiere decir entonces que es cierto que no existen –repuso Diego con tristeza.

-¡Pero claro que existen, Diego! Yo me llevé tremenda decepción ese día, pero mi tía y todos los adultos me explicaron sobre la confusión. Y me dijeron que un día los conocería, pero que tendría que ser cuando viajara adonde ellos viven, en Europa o Norteamérica… Así que finalmente me convencí de que así era, y ese día, me prometí a mí mismo que si era imposible llegar a conocer a los centauros, grifos o faunos, a los cisnes que sí son reales, los llegaría a conocer… Aún no lo he hecho, esta es la primera vez que hago un largo viaje fuera de mi tierra, pero sospecho que no está lejano el día que los podré conocer…

-Y así será –dijo la madre del niño.

-Sí, estoy seguro que así será. Y recuerdo que mi tía me dijo algo que nunca podría olvidar. Que cuando eso sucediera, cuando por fin estuviera frente a uno o varios cisnes blancos nadando, con sus largos cuellos formando signos de interrogación, sería porque mi mayor sueño ya se habría hecho realidad. Y eso, es algo que desde entonces, creo con mucha fe.

-¡Nosotros también conoceremos a los cisnes, mamá! –exclamó el chico.

-¡Es cierto, Diego, los podremos conocer en Europa!... Y cuando eso suceda, nos acordaremos de usted, buen amigo –dijo ella, dirigiéndose al joven-. Y lo llamo así, porque a pesar de estarnos conociendo, siento que le conozco desde hace mucho tiempo. Porque ha alimentado más aún la fe de mi hijo, y la mía también. Y eso, sólo lo hacen los amigos…

-Muchas gracias. Me halaga con sus palabras…

-Pero… ¿eso quiere decir que yo tendré que ir adónde viven los delfines blancos…?–interrumpió el chico, algo desanimado.

-¡Pero sí ya estás viajando, Diego! –exclamó el muchacho -. Estamos en un barco en medio del inmenso mar, y este es su hogar… Para ellos no hay fronteras ni barreras, como las que tenemos nosotros los humanos. Y aunque su hogar sea en los lejanos y fríos mares del norte, siempre habrá oportunidad para que los veas, pues tu viaje será largo. Lo único será que tendrás que tener un poco de paciencia. Pero ellos aparecerán, ya lo verás…


-Sí –dijo el pequeño después de toser -. Es verdad, los vamos a ver, y estoy seguro que pronto será.

-Es cierto, hijo, tienes que ser paciente y saber esperar el momento…

-Descuide, sí él así lo cree, entonces, así será.

Entonces, la madre del niño sonrió, denotando cierta incredulidad.

-Cuéntame de esos otros seres que no existen, por favor… -pidió Diego al joven, sin dejar de ver hacia el mar.

-¿De los faunos, centauros, grifos…?

-Sí, de esos… ¿No serán como los cisnes y viven en algún lugar…?

-No, déjame contarte…

Y el joven hombre, siguió contando al niño sobre historias fantásticas, pero también sobre aquellas, donde el mito se mezcla con la más pura realidad. Ese día, los tres almorzaron juntos, y por la tarde, el pequeño no dejó de observar el horizonte azul, hasta que llegó el crepúsculo. Al caer la noche, lleno de frustración, fue a la cama, pensando que tan paciente podría ser. Y su madre, pidiendo a Dios, que los delfines blancos aparecieran al día siguiente y que su pequeño hijo, por fin los pudiera ver.


5

Comenzaba a amanecer. El sol, con su luz de aurora, pintaba de dorado el cielo y el mar, en un espectáculo maravilloso. Un grupo de delfines saludaron el nuevo día con saltos de alegría. Habían estando descansando y alimentándose, y ahora se aprestaban a seguir su larga e increíble jornada. Entre la inmensa mayoría de delfines comunes, trompa de botella, una joven beluga, después de haber dado frenéticas vueltas y saltos, se detuvo para observar que muy alto en el cielo, estaban volando gaviotas, y el horizonte, junto al astro rey, se dibujaba una silueta que parecía ser un barco.


-Mira –dijo alguien a la madre-. Tabú ya hizo un nuevo descubrimiento. No pierde tiempo, ¿verdad?

-Sí –contestó ella-. ¿Y tú, a quién crees que él salió así…?


6

El sonido de pasos apresurados de niño por el pasillo, acompañados de una típica tos infantil, hizo que nuestro joven viajero, que tenía un sueño ligero, terminara de despertar. Se irguió en su camarote y decidió ir a ver por qué el pequeño Diego estaba levantado a esas horas. Aunque no fue difícil imaginarse la más probable de las razones, pues ya conocía la historia. Quizás, de lo que quería cerciorarse, era si el pequeño se dirigía solo a cubierta, o lo acompañaba su madre, de quien no había escuchado ni siquiera sus pasos.

Cuando estaba en el pasillo, vio que la madre del niño, salía también apresuradamente, con cara de angustia. Enseguida vio al muchacho que la estaba observando.

-¡Es usted!… Buenos días…

-Buenos días, mi estimada señora. ¿Se trata de Diego, no es cierto? Lo escuché pasar… ¿Puedo acompañarla a cubierta…?

-¡Oh, sí! Muchas gracias… Me quedé dormida, y Diego no da tregua con este asunto de los delfines. Es una situación desesperante. Disculpe tanta molestia.

-No, no se preocupe. No es ninguna molestia para mí… Al contrario, yo quiero ser testigo de un milagro…

-Dios mío… ¿Usted cree que pueda ocurrir? –preguntó ella, mientras caminaban de prisa.

-¿Delfines polares en estos mares…?

-Sí, tengo horror de que mi hijo se enferme si no los ve.

-Bueno, tengo una tía que cree firmemente que la fe realmente puede mover montañas… Yo también lo creo, y quizás pueda mover hasta delfines blancos del polo norte a las aguas tropicales del inmenso mar.


7

Regresemos un mes atrás, cuando belugas y delfines se habían encontrando en las lejanas aguas del Pacífico norte para compartir un banquete de arenques. Se trataba de dos numerosos grupos de cetáceos de especies diferentes, en medio de un nutrido cardumen de peces, lo que había generado un enorme y confuso movimiento en ese rincón del mar azul. Tabú, se había alejado de su madre y cuando quiso regresar para encontrarla, se encontró cara a cara con una beluga macho adulto que nunca había visto, pero que por alguna razón, encontraba conocido. Nunca olvidaría cuando le dijo: “Hola, Tabú. Yo soy tu padre”. Quedaría grabada para siempre, la conversación que tuvieron en aquel memorable momento, en que él le preguntara el por qué de su larga ausencia y que le hiciera saber que sin conocerlo, lo había extrañado durante toda su corta vida, pues su madre le había enseñado a amarlo y a saber esperar el día en que volviera de su largo viaje. Y ella siempre había tenido la razón. Allí estaba su progenitor, frente a él, tan extraño y cercano, tan mítico y real a la vez.

El experimentado padre, le prometió a su hijo que más tarde le explicaría a él y a su madre en detalle todo sobre lo sucedido con él, pero quería darle a ella un poco después la sorpresa del reencuentro. Así que después del efusivo momento, le dijo que había llegado con el grupo de delfines, y que Laf, su líder, al cual le señaló, mientras éste aún pescaba, era uno de sus mejores amigos. Entonces el padre recién llegado, hizo a su vástago, su cómplice en su plan, el cual consistía en proponer a su familia viajar al sur. Por supuesto, la idea le pareció fantástica al pequeño, quien antes de reunirse con su madre, se acercara a Laf, para conversar con él. El chico lo logró, con la sola intención de conocerlo y comentarle su deseo de viajar con ellos al sur, sin mencionarle nada sobre su recientísimo descubrimiento. Obviamente, para el delfín, la idea del feliz y entusiasmado joven beluga, era absolutamente descabellada. Más extrañado quedó aún cuando le dijo con mucha propiedad que su madre lo acompañaría en la aventura, aunque dadas las circunstancias, lo asaltó la sospecha que se trataba del hijo de alguien que conocía y era un buen amigo suyo.

Más tarde, Laf, confirmó sus sospechas. Sabía a que se debía tanta seguridad del pequeño cetáceo blanco, pues al rayar el sol e, siguiente, ya estaban viajando con su grupo, una familia de belugas, conformada por padre, madre e hijo. El momento del reencuentro de los padres de Tabú, había sido inolvidable para todos, tanto para los delfines trompa de botella, como para las belugas. Hubo llanto y muestras de amor realmente conmovedoras. También hubo fiesta esa tarde, prolongándose hasta la noche, en medio de saltos, danzas y juegos que sólo este tipo de mamíferos del mar, tan inteligentes y extraordinarios, pueden ejecutar con tanta gracia, maestría y entusiasmo. Esta fue otra noche inolvidable para la madre de Tabú. Nunca se imaginó que podría volver a ser tan feliz. Valió la pena la fe y la espera. Por su parte, para el padre, tampoco la felicidad tenía límites, llegando a la conclusión que todo tiene solución, siempre y cuando, en el mar de la vida, haya una razón para luchar. Y en estos casos, es donde se suele conocer a los amigos de verdad, a quienes brindan su apoyo y solidaridad sin esperar nada a cambio, más que la reciprocidad del afecto sincero. Y aunque a veces parecen difíciles de encontrar, en el momento más duro y menos pensado, aparecen y hacen posible volver a creer y a sonreír.

Está de más decir que para Tabú, fue el día más feliz en toda su corta, pero bien agitada vida. Siempre tuvo a su lado lo más sagrado para él, su madre. Ahora, había encontrado a quien creía perdido, casi inexistente, su heroico padre. Y encima, estaban iniciando la aventura de sus vidas, juntos, como familia, un largo e impredecible viaje hacia el sur, hacia el desconocido “tabú”, como llamaba su padre a los mares sin fin del cálido sur, y razón por la que su madre decidiera nombrarlo así, mucho antes de nacer.

Pero no estaban solos, iban rodeados por un numeroso grupo de experimentados delfines, sus amigos y nueva familia extendida adoptiva. Era en verdad algo insólito y extraordinario, algo que pareciera desafiar a la naturaleza misma. Pero ¿acaso en esta vida y este planeta está todo escrito en piedra? Las puertas hacia la felicidad no suelen ser precisamente las más conocidas o convencionales. A veces pueden ser las menos pensadas y las que podrían abrirse ante un nuevo reto y grandes luchas y sacrificios, pero que al final, aguarda en un lugar especial la recompensa, y con creces, de acuerdo al tamaño e intensidad del esfuerzo.

Entonces, para tres belugas, especie de delfines propios de los mares árticos, las enormes distancias por el inmenso océano y las aguas cálidas, representaban un enorme desafío y esfuerzo. Pero ellos no estaban preocupado por eso, sino ocupados por descubrir el ancho mundo y lo que tiene para ofrecer. Juntos, en familia y con amigos sinceros, eran capaces de vencer las barreras del clima y las largas jornadas. El padre de Tabú lo sabía, porque había pasado la experiencia sin su compañera y su hijo que sabía que existía, pero que no conocía. El motor que lo impulsó siempre fue el poder del amor y la amistad. Nunca olvidaría aquella noche terrible de tormenta, en que su amada, indefensa y embarazada, fuera atacada por un grupo de agresivas orcas, pero que él llegara a tiempo para rescatarla, no sin antes dar batalla. Las logró distraer, pidiéndole a gritos a ella que huyera y que la alcanzaría enseguida. Ella, contra su voluntad, le hizo caso. Esa fue la última vez que se vieron.

La lucha contra las temibles y enormes orcas, que también son de la familia de los delfines, fue sin tregua, fue mordido y golpeado de manera brutal. Finalmente, fue arrastrado hasta el fondo marino y una de las orcas lo estrelló contra una roca, perdiendo así el conocimiento. Y ya no supo más de él. Pero entonces, de repente apareció en un lugar tranquilo, de aguas poco profundas, color turquesa, no lejos de una isla color esmeralda. Recibió todos los cuidados precisos de parte de un grupo de delfines trompa de botella que lo habían rescatado del fondo del mar. Sus heridas fueron sanadas y logró recuperarse. Laf y los suyos habían salvado su vida, pero lamentablemente, el padre de Tabú había perdido la memoria, y ante esta situación no se podía hacer nada, más que esperar y esperar.

Pasarían varios meses, después de recorrer el inmenso Pacífico, pasando por la Polinesia, hasta casi llegar a las costas de Asia, cuando por fin, el delfín blanco recuperara un día la memoria. Esta le volvió poco a poco, hasta que recordó todo, tal cual ocurrió, sobre su amada y su hijo desconocido. Le contó todo a Laf y sus amigos delfines, y entonces, con su apoyo decidido, comenzaría el largo retorno a casa, en el lejano norte ártico. Pero por alguna razón que desconocía, sentía que al reencontrarse con su familia, los tres estaban llamados a viajar hacia el sur, que era la siguiente ruta de sus amigos delfines. Deseaba que los suyos conocieran la inmensidad del mundo, y que es posible vencer las barreras para conocerlo y vivirlo. Convencer a su amada no fue cosa fácil, a fin de cuentas, también se extraña a los abuelos, a los tíos, primos, sobrinos, demás parientes y amigos de la bandada de belugas, adonde ellos pertenecían. Pero no se marcharían para siempre. La promesa del regreso era la constante infalible. A fin de cuentas, no hay como volver a casa, vivir en el hogar, y aunque en este caso, fuera muy frío, no dejaría nunca de ser dulcemente cálido. Eso lo tenían muy claro, pero por ahora, tras varios meses de recorrer y disfrutar a cada instante el inmenso azul del mar, en aguas tropicales, no podían ser más felices.

Y por fin, llegó un dorado y maravilloso amanecer, en que Tabú, después de saltar y jugar muy alegre, se detuviera a observar que en el horizonte, cerca de donde se apreciaba el disco solar, gaviotas volando, y no muy lejos, se dibujaba la silueta de un objeto que parecía ser una embarcación.

-¿No pierde tiempo, verdad? –comentó su padre.

-Sí… ¿Y a quién crees que salió así? –contestó la madre, en clara alusión a él mismo, el delfín beluga que era padre del incansable chico, el mismo que un día le salvara la vida para enseguida dejarla abandonada, pero que felizmente había vuelto, para recuperar el tiempo perdido.

De repente se escuchó la voz de Laf, el líder, dirigiéndose a todo el grupo:

-¡Vamos! ¡Acompañemos un rato a los humanos en su viaje azul!

-¡Sí, vamos! –dijo el padre de Tabú, sonriendo lleno de alegría a su amada.

-¡Bravo!- gritó, el chiquillo-, lleno de entusiasmo y una inmensa felicidad.

Y comenzaron a nadar entre enormes saltos, hacia el oriente, justo adonde estaba naciendo el sol, se veía volar gaviotas y un objeto, hecho por los humanos, para viajar por el mar, parecía apenas moverse, en otro viaje, cuyo rumbo era también el sur.


8

El pequeño Diego estaba en cubierta, en estribor, con la mirada hacia el occidente, el lugar por donde estaba seguro que aparecerían los delfines. Y no estaba equivocado. A lo lejos, vio como algo se movía en la superficie del mar, aproximándose a ellos cada vez más. Esperó unos minutos, y entonces, vio a los cetáceos saltar. No eran dos ni tres, eran muchos más, se trataba de decenas de ellos. Su corazón comenzó a palpitar aceleradamente. Aunque no los había visto nunca antes, por su abuelo, el viejo marinero, ya sabía diferenciar estos mamíferos marinos de los peces de gran tamaño, como tiburones, peces espada o vela. Su manera de moverse en el mar, era inconfundible, nadando cerca de la superficie a gran velocidad y enseguida, dando largos y espectaculares saltos. Más de cerca, eran más fácil de identificar, por su característica trompa, su cara amable y su eterna sonrisa. Su nuevo y joven amigo, compañero de viaje, quien ya los había visto un par de veces con anterioridad en este mismo viaje, le confirmó las referencias de su abuelo. Lo que no entendía, era por qué él se había perdido de verlos, cuando nunca había bajado la guardia. Quizás no los vio, o a lo mejor sí lo hizo, ero no lo notó, porque él estaba esperando solamente sus delfines blancos, solo a ellos y nada más.

Pero ahora ya sabía que tenía que estar con los ojos muy abiertos. Si miraba delfines comunes, entonces podría ser que viera a los delfines blancos. Esa mañana, el día por fin llegó. Cuando la bandada de delfines estuvo lo suficientemente cerca para poderlos apreciar, el niño, comenzó a gritar, lleno de emoción:

-¡Son delfines, son delfines! ¡Por fin llegaron!... ¡Mamá, mamá…!

Y corrió por la cubierta, justo en el momento en que su madre y su joven compañero de viaje irrumpían el lugar.

-¡¿Qué dices, hijo?! ¿Acaso son los delfines?

-¡Sí, ya están aquí, ya llegaron, por fin…!

Y entonces, ante sus ojos, comenzaron a desfilar el grupo de delfines de Laf. Se distribuyeron alrededor de la embarcación: proa, popa, babor y estribor. Iban y venían, se intercambiaban de lugar a gran velocidad, jugando y dando elevados e increíbles saltos. Los estaban acompañando por un rato en su viaje hacia el sur, la misma ruta que ambos, humanos y delfines seguían, entre el azul del cielo y el mar. Nuestros tres viajeros, además de algunos miembros de la tripulación, miraban con la boca abierta el maravilloso espectáculo de la naturaleza. Diego, no lo podía creer, estaba muy cerca de ver cumplido su sueño, que era el sueño de su abuelo. Pero no veía a los delfines blancos. ¿Adónde estaban? ¿Acaso no venían con los delfines comunes? ¿Cuánto tiempo más tiempo tendría que esperar? ¿Sería una buena señal o significaba que al verse solamente de estos delfines, los blancos no aparecerían jamás? En un momento, muchas preguntas y dudas, se arremolinaron en la cabeza del chiquillo. Pero entonces, ante sus ojos, una silueta emergió del azul del mar, en un salto fenomenal. Se trataba de un lindo delfín blanco como la leche, más pequeño que los demás, parecido a ellos, pero muy diferente a la vez. Una vez que estuvo en el aire, al llegar a su punto más alto, le quedo viendo con una inolvidable y dulce sonrisa, para caer de nuevo en el mar, entre salpicaduras de agua salada.


-¡Es el delfín blanco, mamá…! –gritó emocionado-. ¡¿Lo viste, mamá…?!

Y comenzó a llorar de emoción. La madre también lo hacía, mientras le decía con la voz entrecortada:

-Sí, hijo… sí lo vi… Lo vimos, ¿verdad…? -prosiguió, dirigiéndose a su joven y nuevo amigo, quien asintió sin palabras, mientras observaba pasmado el inesperado acontecimiento.

-¿Será solo uno, mamá…? Es lindo, ¿verdad?

-Es hermoso, Diego… Es un delfín muy lindo… ¡Mira, no está solo. Ahí está otro!

-¡Sí… mi abuelo habló de “los delfines”, no dijo que sería sólo uno! ¡Ya lo veo!

Primero había saltado Tabú, pero ahora fue su madre quien lo hizo, justo frente a ellos también, como presentándose ante ellos, como la progenitora de aquel hermoso joven delfín blanco que era su hijo.

-¡Es más grande! .gritó el chiquillo.

-Ha de ser la madre –repuso el muchacho.

Pero no había terminado de decirlo, cuando un tercer delfín blanco ya estaba saltando también muy cerca de ellos.

-¡Son tres! –exclamó, totalmente emocionado el niño-. ¡Y este es el más grande de todos! ¡Abuelo, tenías razón!

-¡Parece que es una familia! –pronunció la madre-. ¡Oh, por Dios! ¡Es un milagro!

-Una familia de belugas con una bandada de delfines comunes. Tiene usted razón, es un auténtico milagro… -repuso el joven.

Y después estaban saltando las tres belugas, padre, madre e hijo, una y otra vez, junto a todos sus amigos, guiados por Laf. Iban y venían, sin parar, acompañando el barco, aunque fuera por un rato, en su viaje hacia el sur, un corto tiempo quizás, porque tendrán que seguir su camino por su lado, pero ya habían cumplido una misión, de la que ni ellos mismos tenían el más remoto conocimiento.

-Te volveré a ver abuelo… -musitó el pequeño Diego. Y por sus lágrimas corrían por sus rosadas mejillas sin cesar.

-No hay sueño que no se pueda hacer realidad… Hasta lo que parece imposible es posible si se cree con la fe de un niño… -repuso por su parte nuestro joven viajero.

-Hoy me siento la madre más feliz de la Tierra- dijo su interlocutora -. De ahora en adelante, ya nada me podrá quitar la paz…

Los delfines se fueron y el barco siguió su ruta. Un día junio de 1886, arribó al puerto de Valparaíso, Chile. En ese país sudamericano, madre e hijo se reunieron con el tercer miembro de la familia, un emocionado padre y esposo. Por su parte, el joven viajero, que aún no había cumplido sus veinte años, pasó muchas dificultades, pero nunca renunció a su sueño, y dos años después logró publicar su primera obra importante de versos y prosa llamada Azul y el mundo conocería a Rubén Darío. Años después, arribaría a la vieja y lejana Europa, donde por fin conocería los hermosos cisnes de blanco plumaje, que forman con sus largos cuellos, signos de interrogación. Al final de su viaje por el mar de la vida, entre idas y venidas, momentos difíciles y otros felices, dejó su legado invaluable, a través de genialidad y su pluma, contribuyendo a forjar el alma de la humanidad.



Y no terminaré este relato, sin contarles que Tabú y sus padres regresaron un día al hogar, sanos y salvos, llenos de experiencias y aventuras que contar. Y que dos seres queridos, después de algunos años, se volvieron a reunir, en un evento pleno de felicidad, de acuerdo al sueño y la promesa de un abuelo, las oraciones de una madre y la fe de un niño, cuya mirada se perdía en el horizonte, entre el azul del cielo y el mar.


FIN

Jorge Gamero Paguaga



PD: Que la familia de belugas de mi cuento, conformada por Tabú y sus padres, haya sobrevivido en los mares tropicales, es algo extraordinario, un auténtico milagro. De hecho, en la actualidad, más bien estos hermosos cetáceos blancos, están emigrando cada vez más a aguas del círculo polar, debido al cambio climático. Los “hielos eternos” del polo norte se están derritiendo de manera acelerada, debido al cambio climático, poniendo en peligro la fauna endémica, como los osos polares, focas, y las belugas, por supuesto. La humanidad sería la única responsable que estas especies lleguen a ser vistas en el futuro sólo en imágenes, como seres mitológicos, como los centauros, faunos o grifos. Tragedia, que ni remotamente hubiera imaginado nuestro Rubén Darío, en los tiempos que le tocó vivir, donde apenas comenzaba la revolución industrial y la emisión de gases de efecto invernadero. Y auque la situación es grave, aún hay tiempo de rectificar, y que la humanidad rescate a La Tierra y así misma, para así continuar todos el viaje en este extraordinario planeta azul, que es nuestro único hogar, por el universo infinito.