miércoles, 27 de mayo de 2009

Mis relatos: Conspirando más allá (4ta. y última entrega)


Don Jacobo se irguió de manera súbita en su cama. Su frente sudaba y el corazón le latía con fuerza. Presa de la ansiedad, exclamó:

-¡Me quedé dormido, Dios santo!... ¿O acaso todo fue un sueño, hijo mío…?

Con cara que denotaba mucha angustia, observó por unos segundos a su esposa, quien dormía tan profundamente, que ni siquiera se movió. Enseguida, dejó la cama y salió corriendo. A través de los pasillos y corredores llegó al patio y llegó al cuarto de Jacinta, la criada. Empujó la puerta y vio que la mujer se llevaba el vaso de agua a la boca.

-¡Jacinta, no lo hagas!

-¡Mi señor! ¿Qué hace usted aquí, a esta hora? -.exclamó la criada, perpleja.

-¡No me digas “mi señor”, y dame ese vaso!

Se lo arrebató de las manos y con su contenido lo tiró al patio.

-¿Ya habías bebido del agua? ¡Dime!

-No, apenas lo iba a hacer…

-¡Gracias, Dios mío!

-¿Qué pasa, mi señor?

-Nada, Jacinta, y no me digas más “mi señor”… De ahora en adelante tus señores serán solo el Señor Jesucristo y la Santísima Virgen, su madre, a quienes te encomendarás para todo los que hagas. Ve a alistar tus cosas y las de tus hijos, que mañana a primera hora saldrán de viaje...

-¿De viaje, mi señor…?

-Sí, mañana mismo.

Luego salió la criada corriendo y se dirigió donde se encontraba su hijo. El criollo aprovechó y se encaminó hacia el cuarto de Lucas y Dimas. Empujó la puerta. No había llegado ninguno de los dos. Rápidamente vertió el agua de los vasos y salió de prisa cuando oyó los gritos de Jacinta, quien debido a la emoción, se había detenido antes de llegar a la despensa.

-¡Hijo, regresaremos a la hacienda… Lucas, volveremos…!

-Calla, Jacinta, despertarás a toda los demás!

-Disculpe, mi señor –musitó ella, enjugándose las lágrimas.

En eso, salió de la despensa Lucas, asustado por los gritos de la madre.

-¿Qué pasa, madre?

-Bueno, Jacinta, Lucas… –dijo don Jacobo-. Es cierto que habrá viaje mañana, pero de hecho, no será a la hacienda...

-¿Qué dice usted, mi señor… Adónde iremos entonces…? –inquirió la mujer, confundida, a la vez que Lucas también demostraba su enorme sorpresa.

-Miren, parece que Dimas está llegando, no lo reprendas, Jacinta, ¿sí?… Por ahora, sólo déjenme hacer algo y regreso enseguida para explicarles de que se trata. ¿De acuerdo? Vayan haciendo maletas, mientras tanto…

Después se fue a su despacho, a redactar una carta, dirigida a su primo, de Portobelo, puerto importante de la gobernación de Panamá, del virreinato de Nueva Granada, y otra, para un buen amigo suyo, residente de Veracruz, en el virreinato de Nueva España, al que también pertenecía el Reino de Guatemala y por tanto, la provincia de Nicaragua. Y después de explicar a sus criados acerca del viaje inesperado, aún tenía que completar la misión de esa noche, al ir a visitar a un capitán de barco, que era un viejo y buen amigo suyo.

Al día siguiente, aún de madrugada, un poco antes de rayar el sol, salía por una puerta trasera una mujer, con la cabeza cubierta por un pañuelo y dos muchachos con sendos sombreros, que cargaban unas maletas.

Por la puerta principal salía don Jacobo, mientras murmuraba:

-Sólo espero que de veras nadie me esté vigilando. Ahora todo puedo esperar de esos buitres… ¡Dios santo!... Pero todo saldrá bien… ¿No es así, hijo? Ni debería ir a arriesgarme, pues todo saldrá bien, pero el deseo de estar allí, es más fuerte que yo…

Poco después, oculto tras unas palmeras, el criollo se aseguraba que no hubiera nadie relacionado con los conspiradores en el puerto. También le dio curiosidad por ver si se miraba a sí mismo y su hijo entre la gente, lo que, por supuesto, no pudo ser. Y allí aguardó, hasta que vio como del muelle zarpaba, por fin, el barco que atravesaría “la mar dulce” rumbo al río desaguadero y después al mar Caribe, hacia su destino, en Portobelo. Había salvado tres vidas

***

Por la tarde, como había sido acordado, don Jacobo recibió en su casa al grupo de conspiradores del cual formaba parte. Cuando ya estaban en el despacho, por iniciar la reunión, don Horacio, el regidor, le mostró al anfitrión una botella de vino.

-Mira, Jacobo. Sé que tienes vino de los mejores, pero este de La Rioja me acaba de llegar, después de un largo viaje desde la propia Logroño, es único. Lo tomaremos cuando terminemos… ¿O ya, señores, qué dicen…? Es un exquisito tinto añejo, cosecha del 12.

-Ahora mismo vendría muy bien –dijo uno.

-Por supuesto. Es mejor en este instante –secundó otro.

-Ve a traer a tu esposa, Jacobo, que brinde con nosotros.

-No está, don Horacio, salió para la iglesia.

-¡Ah! Si es que es muy devota tu esposa, Jacobo. Lo olvidaba.

Un siervo llevó las copas y muy gentilmente, don Horacio procedió a servir a don Jacobo de su botella, que de hecho, ya había sido descorchada con anterioridad.

-¡Hombre, muchas gracias!, pero déjame ser el anfitrión…

-Tranquilo –dijo el cabildante-. Lo eres, pero déjame convidarte de mi vino, por favor…

Luego se sirvió él mismo y dejó que los demás lo hicieran ellos mismos. Después de beber el primer trago, sin que los demás lo hicieran, don Jacobo comentó, alzando la copa:

-¡Ahhh! Buen vino, don Horacio, excelente… Aprovecho para brindar por ustedes y anunciarles que he decidido enfrentar el problema de mi hacienda de otra manera… Siempre hay solución para todo… ¡Salud!

-¡Muy bien! ¡Salud! Sabíamos que nos dejarías… Granada es una ciudad muy pequeña, cada paso de cada quien, es muy obvio, ¿no es cierto? Aquí se sabe todo, buen amigo... Todo.

-¿Todo? ¿Y qué es “todo”…? –preguntó don Jacobo, sorbiendo a continuación, en su segundo trago, casi toda la copa de vino.

Y uno por uno, los presentes en la reunión, fueron derramando sus copas en una jarra con agua que había sobre una mesa, en la estancia. Muy despacio, sonrientes, satisfechos.

-Sabemos todo, Jacobo… Por ejemplo, que la ingenuidad y la estupidez son insoportables… Y también sabemos que tú también te irás, Jacobo, ahora mismo, como lo hará muy pronto también mi estimado y buen amigo, el alcalde, pues el tiempo apremia y cambiamos de planes. Ya no necesitamos de tu liderazgo y tus pobres gentes, no habrá necesidad de revuelta alguna. Contigo estamos probando nuestro giro de timón al barco, buen amigo. Lamentablemente, hay gente muriendo de enfermedades repentinas en esta ciudad… - repuso con extrema frialdad don Horacio de González.

***

De repente, don Jacobo se vio en la calle del cementerio, casi al atardecer, bajo una tenue brisa. Había mucha gente. Entre la multitud, vio a su mujer que lloraba desesperada. Vio a don Horacio y a todos sus demás “amigos”, en actitud respetuosa y solemne. De pronto, vio a su lado… y allí estaba su hijo, vistiendo igual que la primera vez.

-¡Hijo mío! ¡Qué alegría volver a verte! Creí que la primera vez había sido sólo un sueño… ¿Dónde te fuiste, dónde vives…?

-Eso no te lo puedo decir por ahora, papá… ¿Ves que hay un entierro?

-Así es… ¿Quién murió? ¿Por qué lloran así tu mamá y los parientes?

-Vamos, de cerca se ve mejor.

Se acercaron. Pudo notar que nadie los miraba, pero él sí veía muy bien cada detalle y escuchaba los comentarios:

-Qué tragedia –dijo una anciana a don Horacio de González-. Qué muerte tan triste, por ser tan repentina, tan inesperada.

-Sí, señora, en su propia casa, en plena reunión, frente a nosotros. Él ya venía padeciendo de alta presión y problemas coronarios, pero fue justo en ese momento que lo traicionó definitivamente el corazón... Fue muy triste y doloroso, en verdad.

-Pobre de su mujer, quedó sin esposo, sin hijos… Recuerdo cuando murió el pequeño Raúl, fue una prueba tan dura para ella, y ahora su propio marido. Que crueldad, Dios santo…

-¿Escuchas papá? Están hablando de nosotros.

-Sí, hijo. Yo también recuerdo tu muerte –musitó el hombre, con la voz trémula-. Quedamos destruidos con tu partida…

En eso, se acercó al féretro y vio su propio cuerpo, listo para ser sepultado.

-¿Es verdad que estoy muerto, hijo?... ¡Dímelo, por favor…!

-Terminaste una vida, papá. Pero ahora vas a renacer… Mamá pronto estará con nosotros, no pasará mucho tiempo, ya verás... Entonces, renacerá y estaremos bien en el lugar donde he vivido yo hasta hoy.

-¿Y dónde es ese lugar? –inquirió, presa del asombro y la angustia don Jacobo-. Ellos me mataron ¿verdad?... Tú lo sabes..

-Vamos, papá… ellos creen que triunfaron, que todo salió bien. Pero su plan será totalmente frustrado y su castigo será muy duro, no imaginan lo que les espera… Para que sepas, por el bien de los justos, también se conspira más allá… Este ha sido sólo un viaje, papá… ¿Entiendes?

-¿Qué quieres decir, hijo?

-Vámonos, aquí ya no hay nada que hacer…

-¿Pero… adónde?

Comenzaron a flotar en el aire, como aves, y después se dejó escuchar el rumor de un vientecillo que circuló en el cementerio.

-¡Esa luz! –gritó una mujer.

-¡Va con el viento! –exclamó un hombre.

-¡Se va, desaparece…!

***

-¿Y cómo es ese lugar, hijo…?

-Es especial, no hay en el mundo que dejas, nada que se le parezca -repuso el niño, con su dulce vocecita-. Allá abajo, muchos ni siquiera creen que exista, otros sí, le dicen “cielo”. También le llaman “paraíso” ¿verdad?... Y hay quienes creen que es una dimensión que se puede estudiar y hasta se atreven a querer conocer por su propia cuenta… Pero eso es imposible, en realidad está muy lejos de ser como se lo imagina la humanidad con sus ciencias y religiones, todos están equivocados, es un grave error, papá… Prepárate, porque te sorprenderás de lo que te espera, estás a punto de conocer la verdad, tienes que verlo por ti mismo. Yo, no tengo palabras para poderlo explicar…

FIN

Jorge Gamero Paguaga