
Los días siguientes fueron de tortura para el criollo, las noches, de insomnio. Estuvo cerca de hablar con la criada, mas no olvidaba la amenaza. No los dejaba salir, ni a ella ni a su hijo, los vigilaba de cerca, y ellos, lo miraban con recelo, con temor. Al único que permitía salir era a su hijo Dimas, quien tenía cerca de siete años, pues él no representaba ningún peligro.
Cuando faltaba sólo un día para que se cumpliese el plazo fatal y de la reunión en su casa, don Jacobo tomó la decisión más grave de su vida, asesinar a la criada y a su hijo mayor. Después de pensarlo mucho, llegó a la conclusión que tenía que proceder él mismo, y para lograrlo, recurriría al veneno. Por pesquisas que había hecho durante la semana, se enteró que la mujer, al acostarse dejaba un vaso de agua para ella, e igual hacía con sus hijos, así que decidió actuar ese mismo día.
Al contrario de lo que le indicara don Horacio de González, el criollo dejó al pequeño Dimas en libertad, y más bien se aseguró que no regresara a casa temprano, y dio órdenes a Lucas de que se ocupara de hacer algunas reparaciones en la caballeriza y ordenara la despensa. Pero tenía que esperar a que Jacinta llevara el agua a los cuartos a la hora prevista. Después de la cena, y que la criada terminara sus quehaceres, llegada la noche, como una sombra, estuvo pendiente de cada paso que ella daba, cuando la casona estaba sumida en el completo silencio. La mujer, que rayaba los cuarenta años de edad, salió de la cocina con una jarra de agua y los vasos de arcilla, con mucho cuidado, se dirigió a la barraca, ubicada al otro extremo del patio, y entró a su cuarto, mientras don Jacobo aguardaba detrás de una columna. Cuando hubo salido la criada y la vio alejarse entre las sombras, entonces penetró en puntillas a su habitación. Debido a la tenue luz de una vela, pudo ver el vaso puesto en una mesa tosca, como era todo lo que ocupaba el cuarto. Rápidamente extrajo el arsénico que guardaba en un pequeño recipiente, y con la mano temblorosa, hecho un manojo de nervios, disolvió la dosis que estimó conveniente, y luego salió tan rápido como pudo.
Cuando pasó por la puerta de la despensa, don Jacobo se detuvo, porque oyó voces:
-Hijo, ve a acostarte, ya has hecho bastante hoy. El señor no te exigió que dejaras todo terminado.
-Mamá, ve tú a acostarte –dijo el muchacho, quien tenía dieciocho años de edad -. Yo trataré de dejar todo bien ordenado, aunque amanezca aquí. Tenemos que quedar bien con el señor, que no sospeche que nosotros conocemos su secreto y que no piense que lo vamos a delatar. Si supiera que nosotros amamos como él esa hacienda, y que lo apoyamos…
-Ya te he dicho que creo estar segura que ya lo sabe. ¿Por qué no nos permite salir de esta casa? ¿Por qué nos trajo de allá…?
-No lo sé, mamá. Sólo a Dimas deja salir. ¿Todavía no regresa del lago, verdad? Está muy pequeño para que esté fuera de casa a es
ta hora. Ya me tiene preocupado.
-Sí, pero no anda solo, Dios nos libre… El señor me dijo que el joven don Carlos lo mandará a dejar después de cenar en su casa. Y por ser el sobrino del señor, puedo confiar que está seguro. Y sé que eso de pescar tan tarde puede ser peligroso para todos, pero me imagino que ya regresaron del lago y no ha de tardar. Gracias a Dios sé el hijo que tengo, que es fuerte y se mueve como un venado, como tú… Ya vendrá, sano y salvo.
-No sé, me parece extraño eso de Dimas. Pero ojalá que no anden solos, creo que el sobrino el señor es casi de mi edad, y a él mismo le podría pasar algo malo, muchos no lo quieren, como al señor, pero si tú confías, está bien… Ve a acostarte, mamá. Tampoco te preocupes por mí.
-Sí, sólo venía de dejarles el agua. Ya voy –repuso la mujer, y en su cara se reflejaba mucha preocupación.
Después de escuchar esta conversación, don Jacobo se alejó rápidamente, pero con cautela del lugar, antes que lo descubriera la mujer. Se dirigió al pequeño cuarto que ocupaban de dormitorio los criados, que en realidad no eran indios puros, sino mestizos desde generaciones anteriores, algo que era muy común, pero que de hecho que se obviaba a conveniencia. Por fortuna, la casa era grande, pero no tanto como para no conocer sus rincones. Abrió la puerta, entró y observó dos catres rústicos. Sobre una vieja mesa, dos vasos de agua.
-¡Dios mío! –exclamó-. ¿Cómo hago?... El pequeño no debe morir…
Después de pensarlo un rato, disolvió el veneno sólo en un vaso, el cual colocó en otra mesa rústica y roída que estaba entre ambos catres, que hacía de mesa de noche. Así que al lado del catre del muchacho mayor, colocó el vaso con agua envenenada, y al otro lado, el vaso de agua pura. Un catre era más grande que otro, así que no había lugar a dudas.
Al salir del dormitorio, don Jacobo, sintiéndose culpable, murmuraba:
-Me siento una alimaña haciendo esto, un cobarde. En verdad que son sólo criados, pero son seres humanos. ¡Dios santo!
Se dirigió a su alcoba, junto a su mujer, quien, por sentirse algo indispuesta, se había acostado desde muy temprano. Entró cautelosamente y se metió en la cama.
-¿Querido… eres tú? –preguntó la mujer entre dormida y despierta.
-Sí, soy yo. Ya vengo a acostarme.
No podía cerrar los ojos, le era difícil conciliar el sueño, pero de repente le entró un sopor extraño, pesado, y cayó en los brazos de Morfeo.
***
La luna llena brillaba en un cielo limpio, estrellado, reflejándose en las cristalinas aguas del lago de Granada. Todo sería quietud, a no ser por el ruido que emitían los remos que movían dos niños a bordo de una canoa, haciéndola avanzar lentamente. Provistos de algunos pescados y frutas, regresaban a la orilla, cuando oyeron que los llamaban y les hacían señas desde la orilla
-Te dije que no tardáramos –dijo uno de los niños -. Don Carlos nos castigará.
-No, él estaba ocupado con sus amigos, ni se acordaba de nosotros. Acaba de darse cuenta, no te preocupes, Dimas –le dijo el otro, un chico mestizo de unos doce años.
-¿Y si le cuenta a mi señor?
-¡No! ¡Claro que no! No le dirá nada porque su tío sabrá que nos fuimos de aquí de noche…
Todo estaba tan calmo, que quedaron sorprendidos cuando un vientecillo fuerte pasó cerca de ellos, estremeciendo la canoa y formando remolinos en el agua. Pero lo extraordinario, era que el viento llevaba consigo un extraño resplandor.
-¿Qué es eso que brilla? –preguntó el pequeño Dimas.
-No lo sé, pero lo que sea, va rumbo a la ciudad. ¡Mira!
-¡Es cierto! ¡Vamos, de prisa, tenemos que ver esto!
Pero la brisa resplandeciente, se les perdió de vista como un suspiro.
Espere la próxima entrega

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